EL CORAZÓN DE SEVILLA LA NUEVA

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Hay en el centro de Sevilla la Nueva un lugar mágico al que ya perteneceremos siempre.

Y ese lugar tiene un nombre: Duque de Rivas, y es mágico porque es allí donde se esconde un trono, ese  desde el que nuestros hijos gobiernan su mundo, que es, sin duda,  mejor que el nuestro.
Ese lugar siempre estará sus corazones porque es allí donde pasan el día junto a unos amigos que siempre estarán en su memoria, aunque el tiempo se empeñe en borrarlos barriendo con sus ramas  el camino recorrido.
Y es allí donde todos los niños parecen iguales.  En realidad no solo lo parecen. También lo son.
Iguales, pero diferentes… Diferentes, pero iguales. Esa es la magia del Duque.
Es éste el lugar donde más sonrisas amables nacen de la nada, donde los llantos se arreglan con caricias y mimos, y donde se aprende que no solo las matemáticas, la lengua o el inglés son necesarios para llegar con garantías a la madurez.
Ni siquiera la Plaza de los Arcos tiene tantas risas, tantos llantos, y tantos sentimientos encontrados como los que aquí se respiran en cada clase, en el patio, y, sobre todo, en cualquiera de sus dos puertas cuando todos salen a abrazar a sus papás. Son también esas puertas un lugar de encuentro para los padres y madres de esos niños, un lugar donde más de una buena amistad ha nacido.
¿Y qué es lo más importante de este colegio?
Pues no son sus ladrillos rojos que les resguardan del frío, ni siquiera sus aulas donde tantas lecciones aprenden. El verdadero tesoro del Duque son, sin duda alguna, esos niños que todas las mañanas le alimentan con sus risas y sus llantos.
Eso es lo que el Duque necesita, la risa de los niños… ¡de todos!: los madrileños, los andaluces, los africanos, los europeos, los americanos, los gallegos… de todos y cada uno de ellos, sin importar de donde vengan.
Es verdad que hay moros, y cristianos, y hay rubios y morenos, y hay altos y bajos, y hay flacos y gordos, y hay feos – eso sí que no – y guapos, y hay listos, y menos listos…
Es en este colegio donde estos niños empiezan a conocer lo bueno – y lo malo – de compartir con los demás, de jugar, de pelear a veces, de leer esos cuentos que tanto les enseñarán, de escribir letras que un día declararán un amor, de sumar números que un día se restarán… y, en definitiva, de aprender a vivir.
Otra gran ventaja que tiene este Duque es que aquí aprenden – y no solo los niños – a convivir. Y convivir no es otra cosa que sobrevivir entre diferentes, sin perder tu esencia o tu felicidad, y sin arrebatársela al que está a tu lado.
Y sí, es verdad que convivir es difícil, pero no solo en el Duque. ¿Acaso no es difícil hacerlo también en tu propia casa?
Aquí se aprende a vivir con los que son como tú y con los que no lo son, con los que son de tu pueblo y con los que son de otro, con los que son altos y con los que son bajos, con los que son niños y con las que son niñas.
Y estos hijos del Duque están aprendiendo una de las lecciones más importantes de esta nueva vida que estamos viviendo. Están aprendiendo que es igual si eres moro, cristiano, andaluz, gitano, madrileño, niño, maño, niña, francés, rumano, gallego, polaco, colombiano… A ellos eso le da igual. Para ellos un niño es un niño, alguien con quien compartir un juego… nada más.
Tiene  el Duque, dentro de sí, niños de diferentes sitios, pero no por el lugar donde nacieron, sino por las casas de las que cada uno sale cada mañana.
En alguna de esas casas hay hasta dos hermanas que han llegado a nacer en lugares diferentes, a muchos kilómetros de distancia la una de la otra, y no por eso tienen que quererse menos de lo que se quieren los demás.
Porque la vida de estos locos bajitos empieza aquí, en este colegio  donde pueden sentirse niños, que es, sin duda alguna, lo mejor que va a pasarles nunca.
Aquí, en el Duque, son niños que estudian y aprenden – unos más que otros
Aquí, en el Duque, son niños que juegan y corren – unos más que otros.
Aquí, en el Duque, son niños que ríen y lloran – unos más que otros.
Aquí, en el Duque, son niños todos – NI UNO MÁS QUE OTRO.
Y es por eso por lo que yo digo…
¡VIVA EL DUQUE DE RIVAS!