EL CORAZÓN DEL DUQUE

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Érase una vez un colegio que, como el resto, tenía nombre y apellidos. Se llamaba Duque, y se apellidaba De Rivas. Aunque nadie lo supiera El Duque  tenía dos piernas, dos manos y un gran corazón. Las piernas le servían para pedalear con fuerza y generar así la alegría suficiente
para sus niños, las manos para abrazarles cuando se hacían daño o tenían frío, y el corazón para todo lo demás.

Ese colegio, que era el más viejo de la localidad, era también el colegio que acogía a todos los niños con una sonrisa, vinieran de donde vinieran, tuvieran el color de piel que tuvieran, y donde las sonrisas florecían en sus árboles, y donde, con las risas de los niños, los maestros  hacían moquetas que colocaban sobre el patio de arenas amarillas para que jugaran y corrieran a su antojo. Pero últimamente, a muchos de ese pueblo, incluidos muchos antiguos hijos del Duque, les había dado por menospreciarlo, y por hacer todo lo posible porque sus niños no tuvieran esa felicidad que solo a ellos pertenecía. Lo que no sabían esos era que, por mucho que hicieran, o dijeran, nada podría romper la concordia  y el amor que allí reinaba, y, sobre todo, jamás podrían detener la construcción de ese nuevo mundo global que allí, esos niños, ayudaban a construir sin ellos mismos saberlo.
A pesar de todo ese colegio aguantó el éxodo de alumnos, los menosprecios de su ayuntamiento, y hasta los salvajes recortes de los presupuestos … Pero lo que el Duque no pudo aguantar, y por eso se levantó ese día para protestar, fue que le tocaran una de las arterias que movía su corazón. Además, esa arteria tenía cara de hombre amable, traje azul y eterna sonrisa que contagiaba no solo a los niños sino también a sus padres cuando les dejaban y se iban a trabajar.

Gracias Carlos

OTRO CURSO QUE EMPIEZA ¡¡¡VIVAN LOS MAESTROS!!

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Los niños, como les pasa a los girasoles, sólo se aterran, y desean huir, cuando se giran y no encuentran el sol que siempre guía sus pasos… Por eso esos niños eran tan felices allí, en aquel campo de hierbas frescas y pupitres de colores, en aquel mágico lugar donde el sol les llevaba siempre cogidos de la mano.
Y es que, aquel maravilloso lugar al que ellos llamaban cole, pero que en realidad no era sino una prolongación más de su propia casa, era como un campo soleado donde siempre era primavera… Aunque afuera llovieran mares.
Ellos, a su lado, al lado de ese sol en torno al que giraban día a día, no tenían miedo y se sentían seguros, y querido… Y eso es lo más bonito que se le puede decir a un niño… ¡Y a una maestra! ¿A que sí?

Dedicado a Cristina, la maestra de las maestras y con la que ya hemos acabado ciclo. ¡Te queremos!